Ereni, sentada a la orilla de la ventana, en su habitación, contemplaba a un grupo de elfinos que jugaban en la arena, cerca del agua. Cerca de ahí una Guía escudriñaba el mar y de tanto en tanto echaba una ojeada a los niños para asegurarse que no se metieran en problemas. A lo lejos, siguiendo la línea de la playa, un par de elfas recogían peces de un estanque, y un poco más allá, unos jóvenes jugaban con una pelota. La vida, en la isla, discurría como siempre: pacífica y alegre.
De pronto, su contemplación se vio interrumpida por un toque en la puerta y la voz de su hermana.
—¿Puedo entrar? Prometiste que me ayudarías con mi cabello...
Ereni frunció el ceño y se llevó una mano a la frente, sintiéndose culpable por haberse olvidado de ella. Laila era su hermana menor, una elfina adolescente, inquieta y bulliciosa, que le recordaba mucho a sí misma a esa edad, antes de que las señales que la marcarían como Guía comenzaran surgir.
—Adelante —dijo, obligándose a cambiar su expresión por una más alegre.
La puerta se abrió y entró Laila cargando una cesta llena de flores y algunos artículos para el cabello, que desaparramó sin miramientos sobre la cama de Ereni.
Ereni miró a su hermana con cariño y un poco en envidia. Añoraba ese tiempo, cuando todo había sido libertad y risas. Deseaba más que nada volver a sentirse así.
—No estés triste...
—¿Eh? —la voz de su hermana la devolvió a la realidad—. ¡Ay, lo siento! Ahora comenzamos con tu cabello —le sonrió.
Esa era otra de las cosas que tendía a olvidar: la capacidad de los elfos para ver más allá del exterior de las personas. ¡Era tanto lo que tenía qué recuperar!
—Todo estará bien —dijo Laila, al tiempo que se acomodaba en una silla, frente al espejo, para que su hermana comenzara a cepillarle el pelo. —Mamá dice que es cuestión de tiempo. Que pronto te sentirás mejor.
—Eso espero —respondió Ereni, mirándo a su hermana a través del espejo. Luego, siguiendo un impulso, la abrazó y le dio un beso en la oreja.
El respingo y la risa de Laila, la hicieron reír también.
De pronto, su contemplación se vio interrumpida por un toque en la puerta y la voz de su hermana.
—¿Puedo entrar? Prometiste que me ayudarías con mi cabello...
Ereni frunció el ceño y se llevó una mano a la frente, sintiéndose culpable por haberse olvidado de ella. Laila era su hermana menor, una elfina adolescente, inquieta y bulliciosa, que le recordaba mucho a sí misma a esa edad, antes de que las señales que la marcarían como Guía comenzaran surgir.
—Adelante —dijo, obligándose a cambiar su expresión por una más alegre.
La puerta se abrió y entró Laila cargando una cesta llena de flores y algunos artículos para el cabello, que desaparramó sin miramientos sobre la cama de Ereni.
Ereni miró a su hermana con cariño y un poco en envidia. Añoraba ese tiempo, cuando todo había sido libertad y risas. Deseaba más que nada volver a sentirse así.
—No estés triste...
—¿Eh? —la voz de su hermana la devolvió a la realidad—. ¡Ay, lo siento! Ahora comenzamos con tu cabello —le sonrió.
Esa era otra de las cosas que tendía a olvidar: la capacidad de los elfos para ver más allá del exterior de las personas. ¡Era tanto lo que tenía qué recuperar!
—Todo estará bien —dijo Laila, al tiempo que se acomodaba en una silla, frente al espejo, para que su hermana comenzara a cepillarle el pelo. —Mamá dice que es cuestión de tiempo. Que pronto te sentirás mejor.
—Eso espero —respondió Ereni, mirándo a su hermana a través del espejo. Luego, siguiendo un impulso, la abrazó y le dio un beso en la oreja.
El respingo y la risa de Laila, la hicieron reír también.

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